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Tu diario. Libertad de expresion

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 “¡ARBITRO HIJUEPU…!”
“Es inhumano bendecir cuando nos maldicen”-Nietzsche-
Cuentos y relatos globales. 26.08.12 
Por; Walter E. Pimienta Jiménez.. Aunque él hubiera esperado que su decisión arbitral no incomodara a alguien, oportuno sancionó la infracción porque la consideró grave, peligrosa, alevosa y desleal y, entonces, ajustando su apreciación a las normas e interpretando el reglamento como si fuera la Ley de Dios, sacando con personalidad su tarjeta roja, expulsó en forma directa y sin tolerancias al transgresor de la regla doce pues él era un juez predicador y practicante tenaz del juego limpio en todo tiempo…Y, en el acto…¡Fatal! ¡Fútbol! ¡Fatal!... Rompiendo el silencio paralizante que su fallo produjera entre la multitud, una voz conocida, auténtica, dinámica, fuerte, llena de rabia acumulada y que segregaba indignación por todas partes, sin medir consecuencias y sin vacilación, gritó: “¡Arbitro hijueputaaaaaa!” Y fue aquella una férrea e irrevocable mentada de madre de las más deshonrosas jamás oída en el mundo y de esas que obliga a tomar la ofensa no de cualquier manera pues quien en este caso la expresó, lo hizo sin el menor inconveniente, sin confundirse siquiera en la improvisada tribuna; lo hizo de pie y dando la cara a todos en forma fatalista.

La tarde escucho el disparo. Nadie sabía que el agraviado, debajo de la pretina de su pantalón corto, llevaba un revólver. Fue un solo tiro. Lo mató en el acto, sin mediar palabras, advirtiéndose en el rostro del ofendido, no ya el gesto de autoridad de un árbitro de fútbol común y corriente sino la expresión militar y altanera de un hombre energúmeno a quien la vida le cambió desde entonces en menos de un minuto y sin tiempo adicional, volviéndolo para siempre insociable y poco cordial. Vive en el pueblo pero distanciado de todos, atado de por vida a ese desgraciado hecho del pasado contra el cual le es inútil cualquier intento de rectificación. Se le mira con curiosidad, cosas de la gente, como se mira a un sombrío y peligroso animal contra el cual toca estar prevenido aunque esté enjaulado. Mató por ira e intenso dolor, dijeron los jueces en su veredicto y, como no pagó condena ni estuvo preso un día, perdido su escudo, eso nos hizo pensar que es un hombre peligroso, presto al ataque desesperado para justificar de alguna manera su desnudez de alma y su misteriosa vulnerabilidad.
Del muerto toca decir muy poco. Era apostador. Nadie se preocupó por hacer efectivo en su nombre un derecho de venganza y como intervino en esto el padre Robles, clamando perdón para el culpable, hasta allí llegaron las cosas. Una viuda que alimentaba a un niño de pecho, cerró las puertas de su casa por tres años en señal de duelo y cuando en su corazón el dolor se le volvió una costra endurecida, colgando en el clavo del olvido su último vestido negro, le dio de nuevo su cara al sol y su amor a otro hombre con el que ahora vive. Del niño, pues, se hizo hombre; es músico, toca en la banda del pueblo y sabe muy bien espantar clarinetes y desconcierta bombardinos.
Que, ¿por qué toca decir muy poco del muerto? Porque para mí el muerto ha sido el otro, el que lo mató. No previó ni suponía tan absurda cosa y, viviendo de espaldas a la sociedad, aunque le declararan inocente, se sabe asesino llevando consigo la desdicha de que en el pueblo no hay un hombre lo suficientemente hombre que lo mate y, en cumplimiento de esta larga tarea, desde hace veinticinco años, arrastra su vergüenza sin ver llegada su apetecida hora… Vive solo. A Fidela Salas, su madre, la mató la pena. Su mujer y sus tres hijos lo abandonaron hace muchos diciembre y sus hermanos, considerando que lo hecho por él fue algo intolerable, metiendo la cara en el chócoro de la vergüenza, se fueron de aquí porque las gentes les cerraron las puertas del corazón.
…Que, ¿de qué vive? De lo que le manda su hijo mayor; uno que se hizo abogado…, pero yo no diría que él vive, más bien muere a plazos, como todos. Permanece silencioso, perplejo, como si esperara una oportuna bala perdida no tan perdida pero disparada con el compromiso ineludible y preciso de quitarle la vida. Así vive, ¿dije vive?  No, no vive. Aguarda, aguarda sentado por las tarde en la vieja mariapalito que le dejaron; esperando que alguien, por caridad, poniéndole un revólver en la sien derecha, le ayude por fin a descifrar el espantoso acertijo de su mala existencia.
Nadie participa de su dolor. Un perro que le acompañaba apareció hace tres días muerto y aunque presentía que aquello era un esperanzador y merecido anuncio vengativo en su contra, fue grande su decepción cuando comprobó que “Capitán” murió al comerse los restos de comida que su vecina envenenó para acabar con unas ratas. Es un fantasma casero; mira y viste como fantasma. Su rostro le delata y dice de él que alguna vez mató a otro porque se le metió el diablo adentro. El padre Robles le visita a veces porque teme se suicide, pero a él no le agrada que lo haga; considera que con esto lo que el cura logra es frustrarle al pueblo el placer de darle cristiana muerte y, así, esperando con impaciencia la hora del no más, en su habitación, removiendo objetos amontonados, se da de cara siempre con su viejo reglamento de fútbol cagado de moscas y se tortura leyéndolo y recuerda su oficio y sacude su cabeza y cierra los ojos y como con los ojos cerrados también se ve, en las tinieblas ve a su muerto que parece decirle: “Algún día estarás así”… Y con temerosa y a la vez reverente rabia, tira el viejo libro dentro de una caja en la cual éste, igual, parece morir.
Va cada mes a la peluquería, lo hace al atardecer, empeñado no tanto en que Joselito le corte el cabello y lo afeite sino en que, como éste es sobrino de su muerto, en la garganta, por fin, cobrándose el lejano dolor de la familia, de un navajazo y sin hacer nada por defenderse, con la barbera lo bañe en su propia sangre; pero el peluquero no es que rehúse hacerlo sino que, sabiendo que no hay rencor más creciente y peor que el que sienten y comporten todos en el pueblo por su cliente, disfrazando su rabia con falsas muestras de olvido, de olvido del que mata, sin necesidad de arma, hablándole de cualquier cosa, con presteza le rasura y como si fuera a su difunto tío, le peina y le perfuma conmovido y, en tal caso, el parroquiano, viéndose arruinado en su propia trampa, respira hondo, no le tiende la mano ni le da las gracias a Joselito y vuelto hacia éste, le mira a los ojos con firmeza y furia haciéndole entender que debe matarlo y no siendo así, pagándole con amargura y vergüenza el servicio, sin decir hasta luego sale del lugar sintiéndose entonces el único muerto vivo en el mundo al que cada treinta días, sin falta, le toca con ganas poner su cabeza en  manos de quien debiera ser su verdugo…

http://arbitrajeperuano.blogspot.com
Walter E. Pimienta Jiménez

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