-Hay un ladrón en la casa. Frumencio, levántate. Haz algo. Frumencio se estiró y siguió soñando que jugaba una partida de dominó con Casimiro, el notario. -Frumencio, Frumencio, hay un ladrón en la casa- le resopló la mujer al oído. -Es el gato y déjame dormir. Estaba ganándole a Casimiro en un sueño fugaz y tú me dejaste con el doble seis en la mano- le respondió él mordido por un virulento malestar de desahogo. -¿Ya ves? ¿Ya ves?... un cobarde es lo que eres- le objetó Ágata- Me avisas cuando te sientas un verdadero hombre. -¡Qué lo soy, carajo! ¡Qué lo soy!- gritó el alcalde. -Si lo eres, enfréntalo. Así sabré que lo eres- lo retó ella dándole la espalda refugiándose entre las tibias sábanas. Frumencio no aguantó más la cantaleta y diciéndole: -Seguro es el gato- se bajó de la cama, sacó de la mesita de noche un revólver y, a tientas, buscando la puerta de salida de su alcoba, abrió esta para dirigirse al primer piso. Portando un revólver, Frumencio dio un paso. La luz de la sala estaba prendida y, en efecto, con sus costales llenos de abalorios y unos objetos de plata y cristal en las manos, un ladrón, sentado en el sofá, esperaba sin ánimo de defenderse. -Holaaaaaa…¿Cómo estás Frumencio?. No era mi intención despertarte pero hice cierto ruido involuntario y… -¡Arriba la manos!- dijo con voz de siniestro el alcalde al intruso que ni siquiera rehusó colocar los adornos en su puesto. El ladrón, con cara amigable, sin intimidarse, devolvió a Frumencio una sonrisa amigable de cortesía. -¡Manos arriba! ¡¿No entiende?! -Sí entiendo- dijo el ladrón ignorando fríamente la amenaza. -¡Quieto, o disparo! ¡No se mueva! ¡Llamaré a la policía! ¡Usted no es más que un vulgar ladrón! -Frumencio, Frumencio… tú también lo eres- le respondió el ratero reforzando lo dicho con otro desconcertante –“Y no lo niegues porque tengo las pruebas”.
Frumencio se puso amarillo, luego azul , después rojo, nuevamente amarillo y finalmente descolorido turbado y tembloroso. -¡Qué has dicho atrevido y difamador! -Que tú también eres lañaron- le alegó el aludido con voz reposada, apacible y descifrada mente dulce. -No es ninguna novedad. “Ladronera” lo sabe- reafirmó el intruso con voz de confirmada predicción. -Baje la voz… baje la voz. Mi esposa podría oírle- repuso Frumencio sintiéndose en manos de su peligroso detentor. -Si le dije que usted también es un ladrón, se lo dije porque no crea que yo no tenga escapatoria… mejor siéntese y hablemos… ¿No es usted un tal Frumencio Fernández y Gómez, el alcalde de “Ladronera?... Pues bien… usted es un ladró… Esta bonita casa de dos pisos que ahora tiene con todo lo que hay en ella no es más que el lucro indebido de sus acciones en los tres que lleva de regidor de este pueblo… ¿sí o no? Y si le dije que tenía las pruebas, dejémonos de más hermetismo y escuche. El ladrón sacó de uno de los bolsillos de su camisa unas hojas de papel que contenían sellos y firmas y en tono respetable le dijo al alcalde: -Ladrón y a mucha honra ¿oyó? Estos al corriente de todo y todo es lo siguiente: Mandó a pintar el edificio de la alcaldía con un sobrecosto de trece millones de pesos y usted se quedó con el dinero; con los pícaros de los concejales se acaba de adjudicar los mejores lotes del pueblo; atrasa los pagos a sus empleados para que éstos, llevados por la necesidad, le vendan el sueldo a la agiotista de su esposa al cincuenta por ciento; expropió las tierras de los campesinos del corregimiento de La Chorrera y Lenguasaque e hizo unos ranchos en ellos y allí tiene su ganado; ha dado por desaparecido el tractor municipal y a éste lo han visto en labores de arando su finca; recibió de la gobernación una jugosa contribución para los destechados del pasado invierno y nadie sabe qué se hicieron esos dineros…¿Le demuestro más?...Le tengo más… ¿Se da cuenta que sí es ladrón? Tome, lea, lea. Y el ladrón a quien otro ladrón le había dicho ladrón, descompuesto y trémulo, de manos de quien era menos ladrón que él, recibió los papeles. Comenzó a leerlos y en la medida que los leía, más y más sudaba. Todos sus desafueros, prevaricatos y delitos estaban allí, lo suficientemente claros para llevarlo a él y a sus cómplices a la cárcel por ciento setenta y dos años, nueve meses y catorce días quitándole antes lo robado y devolviéndole a los pobres lo quitado. El ladrón, recargado en el sofá, sonrió con motivos suficientes y con sorna dijo al alcalde: -Señor alcalde, no se imagina usted cuántos ladrones andan por “Ladronera” sueltos; investigue, investigue. Frumencio, abatido por lo que acababa de escuchar, hecho añicos en mil fragmentos como el vidrio y con un inútil revolver en las manos, escapando de una tortura, con voz de vergüenza, dijo: -Bueno… ¿y qué desea usted de mí ahora? Pídame lo que quiera y guarde su silencio. -Muy poca cosa… No soy tan ambicioso como usted… Déjeme llevarme estas cositas y minucias que a Blasina, mi mujer, le gustan… y venga, venga, ayúdeme a empacarlas bien no sea que se me partan… usted entiende. Y el ladrón, con lo que ahora era suyo, se fue. Frumencio volvió a la alcoba matrimonial más amarilla, descolorida, blanquecina, desencajado, turbado y tembloroso que antes; se sentó al borde de la cama al tiempo que Ágata le preguntaba: -¿Quién era? -Un colega. -¿Un colega? ¿No entiendo?- respondió la mujer. -Mejor así. Repuso él y no fue posible que la primera dama municipal le sacara más palabras.
walter pimienta jimenz [walter53pimienta@hotmail.com] |