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La batida de jabalíes
Eduardo Saez Maldonado. 26.10.15 
El jabalí está proliferando descontroladamente en todas las sierras de España, hibridándose con el cerdo doméstico y generando molestias y perjuicios económicos. La Sierra de Mijas no es una excepción, y hemos visto fotos de campos de Golf donde han estado hozando estos animales levantando el césped y causando importantes destrozos. La solución inmediata es trivial: hay que acabar con tan indeseables bichos para que no nos molesten. Se organizan, pues, batidas de caza para alegría y disfrute de los cazadores que toman la sierra por la fuerza de las armas, baten con perros los montes espantando a toda la fauna silvestre existente y se hacen dueños y señores de la zona por un día evitando que los que suben al monte a pasear con la familia y el perro, a correr, a montar en bici, a hacer fotografías etc. puedan llevar a cabo sus aficiones por temor a un disparo perdido o accidental. ¿Soluciona esto el problema? No, claro, pero permite a los cazadores tener la excusa adecuada para pegar tiros a placer a bichos grandes de vez en cuando, que matar siempre conejos y perdices llega a cansar, y la influencia que tiene el colectivo de cazadores en la administración pública es, según he podido comprobar personalmente, sorprendente.
Pero para solucionar los problemas hay que ir a las causas. Pasa aquí como con los emigrantes irregulares, ya sean sirios o africanos, ya vengan huyendo de la muerte por la guerra o de la muerte por hambre. Como estorban se impide que entren y listo (hasta que sean ya demasiados y no los podamos parar). Pasa igual con la reducción de emisiones de CO2 para frenar el cambio climático, que les compramos los derechos de emisión a otros países y listo.

Pero cuando los problemas no se solucionan se enquistan y se hacen cada vez más difíciles de arreglar. Es en ese punto en el que estamos con la proliferación de ciertas especies de fauna silvestre, que ya es un problema de casi imposible solución. La ocupación que el hombre ha hecho del territorio es tan grande que ya quedan pocas zonas “silvestres”, y las que quedan son tan pequeñas y aisladas que no permiten que los ecosistemas estén desarrollados completamente. En estas regiones templadas en que vivimos, los grandes ungulados silvestres (jabalíes, ciervos, cabras etc.) han tenido tradicionalmente un único sistema de control poblacional más allá de la propia disponibilidad de recursos: el lobo.

Tenemos un ejemplo “de libro” en el Parque Nacional de Yellowstone, en USA, donde la creciente población de ciervo que empezó a proliferar tras la protección de la zona, allá por el siglo XIX (fue el primer Parque Nacional del mundo) y la extinción del lobo, llegó a poner en una situación comprometida el equilibrio ecológico del parque. Hace unos 20 años se decidió reintroducir el lobo en el parque y la situación ecológica general del mismo ha mejorado apreciablemente en pocos años. ¿Qué pasa?, que Yellowstone tiene la dimensión geográfica de aproximadamente la provincia de Málaga entera.
(https://www.youtube.com/watch?v=dB1KKBpYxvE). Así cualquiera. Y es que la dimensión geográfica es esencial para que un ecosistema funcione de forma estable Fijémonos, por ejemplo, en el caso del lince ibérico, que la Junta de Andalucía está reproduciendo en cautividad con éxito y repoblando zonas que ya hace tiempo habían dejado de tener la presencia de este felino. Sin embargo cada vez hay más atropellos de linces porque los depredadores, al tener bajas densidades de población, necesitan disponer de grandes áreas, y se dispersan de forma natural. Y en los países desarrollados, como comentábamos al principio, hemos acabado con los espacios silvestres. Prácticamente se ha extinguido el lobo en Sierra Morena (último reducto del sur de España), y su ilusionante expansión por Castilla y el norte de la península está viéndose dificultada por la caza (es especie cinegética al norte del Duero) que cada vez es más agresiva no respetándose ya ni la época de cría. Los problemas de interacción con el hombre (ataques al ganado fundamentalmente) son abordables con una adecuada gestión por parte de la administración (uso de mastines, pastores eléctricos, indemnizaciones etc.) y su beneficio a largo plazo está más que contrastado. Esto sin considerar los nuevos nichos de actividad económica relacionada con la observación de estos míticos depredadores (lobo, oso, lince…) que ya están desarrollándose claramente en bastantes zonas de España.

Este verano he estado en Somiedo (Asturias) donde coexisten el lobo y el oso con una importante actividad humana, fundamentalmente de ganadería extensiva (y el cultivo de forraje asociado) y de turismo de naturaleza. Los lugareños son conscientes de la situación y ven cada vez con mejores ojos la presencia de estos animales en sus montes pues son un importante atractivo turístico. He hablado con algunos de ellos y toleran que el lobo mate de vez en cuando algún ternero (si son adecuadamente indemnizados) pues el beneficio que reportan, no ya sólo turístico sino en control de poblaciones de ungulados silvestres, es cada vez más valorado. Matar lobos (que también se hace en Asturias) debería ser un recurso a extinguir.

Y aquí es donde hay que resaltar la importancia de disponer de una red de espacios protegidos y adecuadamente conectados en España que permitirían la maduración de los ecosistemas, sin excluir las actividades humanas respetuosas con el entorno. El proyecto de protección de la Sierra de Mijas Alpujata bajo la figura de Parque Natural, por el que muchos colectivos están luchando, se podría enmarcar en esta línea por la que, necesariamente, tendremos que transitar en el futuro. La pretensión de los que defienden estas actuaciones no es la de volver a las cavernas, como suelen decir los que quieren atacarlas, sino alcanzar un equilibrio razonable que no destruya aún más espacios naturales (lo que, por otra parte nos llevará al suicidio, aunque ese es otro asunto) y que nos permita vivir, en particular cuando la disponibilidad energética disminuya (que también es otro asunto), en un cierto equilibrio sostenible con la naturaleza. Esperemos que, cuando nos demos cuenta de que no hay otra salida, no sea demasiado tarde.
Pero claro, nosotros somos más de arreglar las cosas por las bravas, y liarnos a tiros con lo que nos estorbe.

Eduardo Sáez Maldonado
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