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Tejiendo estrellas
Cuentos y relatos globales. 19.03.17 
Maria Dolores Villalbazo. Nicosia, Chipre,  1 de marzo 2017

Pasaba la media noche, cuando el viento del norte con rachas huracanadas y lluvia  entró en el pueblo arrancando árboles, techos y alumbrado, mientras en la casa rosa de madera con cimientos de ladrillo azul, nació Manida, la nieta que llenaría la soledad de la abuela, quien se había esmerado en todo los detalles para esa ocasión dando órdenes que se conectara la electricidad para iluminar la casa, porque permanecía en penumbras desde hacía tiempo, cuando ella se marchó al sentir el desamor de su marido.  Su regreso fue por un motivo: la felicidad que le dio enterarse del embarazo de su nuera,  fue a prodigarle sus cuidados y a su hijo sus celos de madre, al verse desplazada por la joven.
La niña vino a la vida entre los gritos de dolor de su madre y la alegría de su abuela y la comadrona cuando  salió de entre las piernas de su progenitora, fue entonces que perdió la sonrisa al verse acompañada de  sombras mágicas  reflejadas en la paredes de la habitación alumbrada solo por velas y quinqués, al quedar el hogar a oscuras a fuerza del temporal.

Al amanecer el viento amainó su violencia y los habitantes del pueblo comenzaron a trabajar en la reparación de sus hogares, mientras tanto en la casa de madera rosa, rodeada por limoneros, tamarindos, guayabos y mangos, su abuelo y su padre parchaban su interminable mutismo colocando las tejas que faltaban, luego recogieron  la fruta cubierta de lodo, revuelta con ramas y pétalos perfumados de deshojados  jazmines y rosas. La abuela acompañada de una empleada del hogar, preparaban el desayuno para cuando los hombres, se sentaran a la mesa, mientras su nuera y la recién nacida dormían juntas en la habitación.

Fuera de la casa de madera, las paredes  estaban adornadas con macetas vidriadas que reflejaban la luz del sol después de la tormenta. Grandes y húmedos helechos en tinajas de barro, una fuente con mosaicos azules, en donde el agua  brotaba y los pájaros reposaban su sed antes de partir a otros lares; dentro de la vivienda había baúles de cedro labrados a mano puestos en las esquinas de los cuartos, muebles de oscuro caobo, brillantes espejos, las paredes del salón estaban decoradas con dagas, machetes y sables herencia de los antepasados de su abuelo, plantas en macetas y jarrones sobre las mesas: ese entorno acompañó las pesadillas de la niña mientras fue pequeña, en tanto era disputada por la madre y la abuela, ambas en  silencio, esperando el momento de defender lo que creían les correspondía.  

Meses después los padres de Manida volvían a jugar por los rincones y a esconderse de las miradas. La abuela volvió a marchase, en esta ocasión sufrió de un extraño mal: su cabello encaneció de un día a otro y con mucha tristeza tuvo que separarse de su nieta, mientras su nuera se alegró con la noticia.

Su abuelo se ausentaba de casa con una mujer que lo visitaba con frecuencia, ella siempre se presentaba con una  torta de chocolate para la niña que comenzó a quererla, entretanto sus enamorados padres discutían para luego volverse  amar. Manida muchas veces  lloraba, mientras sus sombras iban detrás de ella, secando con sus largas y oscuras faldas,  el llanto que dejaba  al caminar.

Una mañana se levantó y descubrió que su abuela había regresado, la encontró en la cocina, la pequeña exhalando un grito de alegría y con una mueca que recordaba una sonrisa, se abrazó a ella, sintiendo esos grandes senos protectores, sus besos y ternura. Manida le dijo  lo feliz que le hacía tener dos abuelas y la mujer muy seria  la escuchó con  atención.  

El abuelo regresó  al atardecer y lo escuchó entrar: lo esperaba serena sentada sobre un mullido mueble  y con un machete  escondido a un costado  que había descolgado de la pared, él se sorprendió al verla. Ella habló pausadamente mientras el hombre se deshacía en disculpas y pretextos. Manida escondida, y con ella sus sombras, temblaba de temor y tristeza. La abuela lo amenazo y el corrió hasta el patio lo más rápido que pudo perseguido por su mujer y por los gritos de la pequeña, entonces ella se detuvo y riendo regresó para abrazarla y para decirle que no se asustara que no haría nada, que solo quería verlo correr de miedo  y le preguntó  si le gustaría viajar  con ella  y la niña entre sollozos respondió que sí.

Semanas después las dos partieron; los padres habían aceptado,  pues Manida estaría muy contenta al lado de la abuela, quien la cuidaría de la mejor forma. A los jóvenes les vino bien: disminuyó su responsabilidad justo cuando pasaban por dificultades amorosas y económicas. La niña llevó con ella en una pequeña valija sus  dos muñecas de trapo y,  tomada de la mano de su abuela, subió al ferrocarril acompañada de sus sombras, mirando desde el último vagón a sus padres que las despedían. En ese momento quiso  gritarles que no la dejaran marcharse  y susurró en silencio todo el amor que tenía por ellos. Sin entenderlo Manida, a partir de ese momento se cubrió de cabeza a pies con un manto de resistencia.

Quedo atrás su casa rodeada de árboles, el olor del mar en la cocina cuando doraban pescado para cenar en las noches frescas de calma.  Su rostro se  pegó al cristal de la ventana, viendo con nostalgia como iban dejando atrás el verde follaje, las altas palmeras, arboles enanos inclinados cargados de frutos, riachuelos, húmedos pastos en donde las garzas habían detenido su vuelo para descansar limpiando su plumaje. El ganado lánguido, pastando y los caseríos blancos con techos de rojas  tejas.  Allí  quedaban  esos hombres  de campo  de  piel  dorada  cubriendo sus cabezas del  abrasivo sol con sombreros de hojas de palma.  El tren se detenía silbando en cada pueblo, mientras a la orilla de la ruta se alineaban mujeres y niños con frutas y dulces en canastas. Sobre sus espaldas traían a sus hijos casi recién nacidos,  envueltos en rebozos que les dejaba  libres los brazos y manos. Los ojos de la niña brillaban de curiosidad mirando  sin  esbozar  una sonrisa y su abuela comprando todo lo que a Manida se le antojara.  

La locomotora frenaba y aceleraba la marcha en las curvas y desfiladeros del camino, entraba y salía por largos y oscuros túneles, trepando las montañas, al tiempo que el paisaje se  tornaba grisáceo y rocoso. Cuando llegaron a  Piedra Santa, bajaron junto a los pasajeros, todos maltrechos, confundiéndose con las sombras de Manida.  

Subieron por una calle empedrada que las llevó hasta la casa de barro, paja y madera que construyeron los ancestros de los padres de la abuela, esta era gris oscura y de grandes ventanales, desde donde se podía observar el cementerio que nadie visitaba, a no ser que alguien muriera y  donde yacían los restos de los padres  de su abuela; también vivía allí un tío invidente porque cuando niño retó al  Sol desafiante y como castigo encegueció, de él se decía que arrastraba la maldición de predecir desgracia y también el don de curar con sus manos y agua, las dolencias de otros haciendo desaparecer las jaquecas, dolores de espalda y huesos. Y en las noches tocaba una flauta de ébano, sentado sobre una alfombra mágica que nunca voló.

La mayoría de la población eran mujeres, que maullaban su hastió en las noche de luna atormentadas por sus fantasías eróticas, solteronas supersticiosas y vírgenes que solo pecaban con algún santo de su devoción, porque los hombres estaban casi difuntos y muy doloridos  picando piedra  durante años, hasta quedar como despojos con rabia muy adentro sin escupir ya que perderían lo poco que poseían: su dignidad. Ellos sabían esperar callados rompiéndose los huesos, soñando que algún día todo sería distinto.  

Los más felices eran los ancianos que se libraban de la locura colectiva porque casi todos estaban inválidos, sordos o ciegos y permanecían en la soledad de sus hogares asumiendo su hado.   

También estaban los viudos, divorciados y vueltos a casar con jóvenes esclavas, venidas desde lejos y que eran pagadas por sus servicios: los alimentaban, bañaban, les hacían dormir acostándose a su lado y acariciando sus pieles desprendidas de sus carnes por el paso de  los años. Fue así que llegaron a disfrutar de las comodidades que les rodeaban y se quedaron a vivir y les procrearon niños felices. Los hombres jóvenes estaban obligados a trabajar para después, continuar la tradición de buscar una mujer que les atendiera y que pariera hijos.    

Las mujeres vestidas casi todas  con atuendo luctuoso, salían al amanecer llevando a sus hijos con el único maestro que les enseñaba a leer y escribir a golpe de palo, los niños lo aceptaban porque, si se quejaban, en su hogar, les descargaban otros.  Ellas se reunían en el bazar para comprar los alimentos y mercancías que traían de los alrededores, aprovechando los encuentros para hablar de ellas, de sus cosas y las de otros. Hablaban todas a la vez  opinando a gritos y sin entender lo que decían unas y otras,  y se daban cita para el día siguiente y regresaban contentas a sus hogares, tras de haber liberado sus angustiosos trastornos emotivos.

El caserío parecía tener largas raíces invisibles como garras cogidas con fuerza de las rocas. En el interior, los hogares estaban decorados  con iconos de Santos milagrosos que podían solucionar cada situación diaria y las mujeres los intercambiaban  cuando tenían alguno repetido o a otra le faltaba  esa imagen en casa llevándolos a bendecir en alguno de los tres templos, erigidos siglos atrás, por hombres que vinieron del este. La población se sentía libre de pecado, a pesar de que mintieran, se odiaran y clavaran un puñal por propiedades familiares. Sin embargo,  todos unían en contra de cualquiera que fuera extraño, al amparo de una ley que rezaba que solo los suyos y sus descendientes eran los únicos que podían vivir en ese pueblo.  

La abuela al entrar a la casa de sus antepasados: abrió ventanas, limpió baldosas, techos, blanqueó paredes y después de varios días de intenso trabajo y sudor descansó mientras Manida sin  sonrisa, la ayudaba acompañada de sus sombras que siempre estaban a su lado. Se levantaba muy temprano y corría a buscar a su abuela y, entonces, acercaba su silla y disfrutaba mirándola cortar naranjas ácidas para preparar jugo  mientras escuchaba  historias.  

Su abuelo se había quedado en la casa de madera acompañado de su hijo y  nuera, solo como hacía muchos años, cuando su mujer lo cogió desprevenido por primera vez, sosteniendo una relación de enamoramiento con una vecina viuda, aprovechando la larga ausencia de ella y como la pasión le provocó dolores en los testículos no pudo reprimirse por más tiempo, lamentándolo hasta el fin de su vida haber sido descubierto.  Ella lo castigó: partía cada vez que quería ir a visitar a los suyos, para regresar   y vivir en hipócrita armonía dentro del hogar. Decidió marcharse nuevamente, solo que en esta ocasión llevaría a la nieta, un amor sustituía al otro aunque hubiera víctima.        

Lejos del mar y el oleaje, en el pueblo de Piedra Santa, los domingos asistían los fieles al templo a orar pidiendo por las cosas que no se les había dado, a condenar a los ausentes y terminar llorando de infelicidad, acompañados por el canto de las aves que se habían aposentado del lugar, buscando también una sombra. Los habitantes visitaban muy poco a sus difuntos en el cementerio y cuando lo hacían era por motivos de conciencia, confesaban sus pecados para terminar dándose cuenta que se habían confundido de muerto.   

Su tío las visitaba cada séptimo día de la semana  al anochecer, porque se guiaba tocando las piedras que a esa hora eran tibias y no quemaban, caminando por el laberinto que lo llevaba a casa de su hermana y sobrina. Manida arreglaba la mesa como si fuese un ritual,  extendiendo siempre el mantel blanco,  tejido por su abuela a gancho en las largas tardes vacías de voz masculina, colocando  el cuenco con agua fresca, los platos pintados con dibujos en color azul que la hacían recordar los cimientos de su casa  y los mosaicos arabescos de la fuente, a sus padres y abuelo, colocaba las servilletas bordadas y los cubiertos de madera fuerte como el metal.

Disfrutaban de la charla hasta la medianoche, cuando su tío abuelo  se retiraba. Él nació y moriría  riendo atragantado con su propia saliva un día en que tembló la tierra y un travesaño de madera que cayó rompiéndole la garganta, olvidando el augurio que  había hecho años antes.

Manida y su abuela luego de lavar los platos iban a dormir, subiendo los escalones que las llevaba a una habitación espaciosa y fresca de altos ventanales que solo se cerraban cuando el viento soplaba con fuerza, porque la polvareda ensuciaba todo. La niña, algunas noches, se acomodaba sobre el piso frente al ventanal escoltada por sus espectros, buscando en el firmamento “una estrella que pudiera mirarla siempre”.  

Los meses transcurrieron y se convirtieron en años: la población siempre igual  sumida en la misma rutina y más vieja.

La abuela caminaba más inclinada, Manida de figura espigada y sus sombras recorrían por las tardes los alrededores, mirando el paisaje, arrancando de la raíz  arbustos y flores silvestres que encontraban por el camino,  luego ellas los sembraban en un pequeño espacio detrás de la casa, que con el tiempo se convertían en hermosas matas que daban sombra.

Por las noches, salían al patio pedregoso, alumbradas con la luz de una lámpara de aceite y conversaban, observado el velo  de  estrellas en el firmamento, en compañía de sus inseparables  sombras que solo la niña podía ver.   

Su tío tan ciego como fue toda su vida, menos adivino y riendo  llegaba puntualmente a visitarlas.  Ese domingo Manida cumplía años, él lo recordó al entrar cuando sintió la fragancia dulce y refrescante de las flores y entonces, sacando del bolsillo de su chaleco oscuro la flauta de ébano, que comenzó a tocarla con alegría, mientras brotaban  sonidos largos y cortos suaves, tristes, llenos de dolor y  esperanza, que se fueron extendiendo por todos los rincones del hogar provocando el llanto de la abuela, entonces la niña  presintió el adiós. En tanto sus sombras estaban felices, la música les traía  recuerdos de tiempos remotos.  

Cenaron a la luz de la velas en un diminuto jardín que se encontraba dentro de la casa, su tío les informaba  los sucesos de la semana en el pueblo y sus alrededores, la novedad era que   había muerto Apóstolos, un hombre muy peculiar conocido porque era el dueño de viviendas y ruin que nadie quería, solo que muchos  lo necesitaban. El había pasado a cobrar la renta de un recinto en donde hermosos  gallos de abundante plumaje cantaban de dolor ante la muerte cuando uno de ellos agonizaba, tras cada pelea, mientras los jugadores disfrutaban ante el triunfo de una de las dos aves.  

Esa noche el usurero discutió con el dueño y uno de los gallos salto sobre el encorvado hombre clavando su espolón cortante sobre su arrugada garganta, dejándolo muerto rápidamente.  Los habitantes del lugar se regocijaron al enterarse del suceso, reino el júbilo general, las viviendas se iluminaron y se fueron reuniendo  en las puertas de las casas y en el único bar.  Decían  que nació viejo a fuerza de una extraña enfermedad, con los años  su andar se volvió lento y se puso jorobado. Tenía un rostro en forma de corazón, su piel parecía la cascara del fruto de la nuez, su nariz y ojos recordaban la astucia de las aves depredadoras que dormían en los campanarios de los tres templos. Recordaron que cada veintiocho días caminaba bajo la luz de la luna nueva, y con paso largo y seguro, a pesar de sus cortas piernas, pasaba a cobrar el arrendamiento de las viviendas que se encontraban a punto de derrumbarse y  que se negaba a reparar,  de ahí se dirigía a su casa en la que tenía  dos empleadas casi niñas a su servicio, a las cuales racionaba sus alimentos y el uso del agua para su aseo.

Ellas siempre eran  vigiladas por la mirada lubrica de Apóstolos.  Los ojos del anciano tenían un brillo especial cuando entraba al hogar con la bolsa de monedas y  jadeaba al llegar a la puerta del dormitorio apenas amoblado, en donde su mujer acostada en la cama lo esperaba siempre,  paralitica desde el día que dio tumbos entre los peñascos, por vigilar a su infiel marido. Apóstolos besaba la frente de ella y ambos se excitaban por el deseo que los unía: contar monedas y  escucharlas caer en los sacos que luego el escondía. En cada  luna nueva, era su noche de felicidad y deseo,  el dejaba caer su lechosa lagrima como un torrente sobre el cuerpo de su mujer y deliraban de placer. Mientras sus descendientes esperaban con morbosidad el día en que murieran sus padres para  la lectura del testamento.    

Esa noche su tío recibió la noticia que su hermana y su sobrina se marcharían pronto a la casa rosa de madera  cerca del mar, porque la niña debía estar con  sus padres y asistir a  la escuela. Manida sin sonrisa, con sus ojos tornasol,  y sus sombras escuchaban atentas los cambios que preparaba la abuela; después vinieron los días de guardar, sellar y recoger cosas que llevarían de regreso.        

La penúltima  vez que vio al hermano de abuela  fue una oscura tarde a fines del otoño, cuando los vientos azotaban  ventanas y puertas. Almorzaron en la mesa sin mantel porque todo estaba empaquetado y para cortar el silencio les conto que la vendedora de verduras y frutas del mercado había sido detenida por la autoridad del pueblo, acusada de la desaparición de sus hijos y de su marido porque, siendo tan devotos, no los habían visto asistir a ninguno de los templos y tampoco se habían despedido de ellos. La mujer de figura frágil, temblaba de pies a cabeza sin poder explicar nada y solo lloraba, frotándose las manos con desesperación,  todos sabían que su apariencia tranquila sufría   de una metamorfosis, adquiriendo la apariencia de trastornada  gritando en el silencio de la noche su rabia contra todos en el hogar: el marido siempre malhumorado y cansado, los hijos indiferentes esperando todo. Era entonces que los amenazaba con una piedra de moler, diciéndoles que  eso se terminaría hasta el día que en que ellos se esfumaron.

Después de relatar la historia, su tío con la garganta seca decidió marcharse a casa, porque el vino se había acabado, antes de hacerlo profirió una sentencia: “que el pueblo seria tragado en la oscuridad de un verano, cuando se escucharan crujidos de las entrañas de la tierra como lamentos y la montaña vomitara fuego y cenizas, porque estaba condenado a desaparecer”. La abuela bajo la cabeza y le pidió a la niña que  trajera el espeso café, la pequeña vio a las sombras asustadas que miraban nostálgicas hacia el norte a través de la ventana. Manida por un instante  percibió  el aroma y el oleaje del mar,  recordó a sus padres  los imagino sentados en los vetustos muebles de mimbre en el patio de su casa, al abuelo encendiendo su habano tomando su café amargo y fuerte, descansando después de recoger las hojas secas de los árboles y quemarlas en el arrullo del atardecer.   

El día de su partida su tío las acompañó hasta la estación del tren para despedirlas, su hermana prometió visitarlo pronto porque quedaban asuntos  pendientes que resolver. Manida se abrazó a él con llanto de pérdida y gratitud, porque le demostró la fuerza y determinación que él tenía para ver la vida y esto no lo olvidaría jamás. El hombre ciego, saco de su chaleco de muchos años, un par de talismanes que le entrego y que la acompañarían siempre. Eran  diminutos, los dos cabían en la palma de su mano, dorados como el sol, ella seguiría la ruta de ellos: un libro y un mapa que apretó tan fuerte que quedaron injertados en su carne de por vida,  mientras sus sombras se abrazaban entre ellas, golpeando sus frentes con su  puños en señal de dolor.  

Regresaron en esa máquina metálica y ruidosa que gemía, miro los paisajes que un día abandono, contemplo el bramante mar azul que como camaleón cambiando sus tonalidades, el cielo estampado de estrellas,  su casa de madera color de rosa de adoquinados cimientos azules, ventanas cubiertas de trepadoras flores amarillas escalando alturas, su patio con árboles frutales dando sombra al mediodía y mecidos por esa brisa que refrescaba sus hojas, cuando no soplaba el viento que arrancaba con violencia la paz del pueblo.  

La abuela volvió a colocar las cosas en su sitio, tal como siempre estuvieron: muebles y maceteros que su nuera había acomodado a su manera tras tantos años de ausencia, se dio a la tarea de contar las cazuelas de barro vidriado que se habían roto y se dio cuenta que muchos baúles  no estaban y  su nuera le informo que las inundaciones se los habían llevado. Volvió a lo siempre a dirigir el hogar y a vigilar los movimientos de su marido, de su hijo y de la madre de Manida. En  ese ambiente todo volvió a estar como antes de su partida. La abuela entonces, limpio la fuente, compro decena de pájaros cantadores  que puso en grandes jaulas que diariamente lavaba al amanecer, alimentándoles  para que fueran felices en su encierro.

La niña sin sonrisa y sus sombras se paseaban por el patio y corredores, su madre casi no salía de la  habitación conyugal, se sentía intrusa y enferma, su mesa de noche estaba cubierta por remedios y para Manida  era como otra de sus sombras, solo que más lejana, y no podía compararse a su abuela, más fuerte y de gran sonrisa,  siempre cocinando delicias que todos festejaban.  

La niña amaba a su abuela, contrincante de su madre quien no tenía un rol en ese hogar, a su apuesto padre  enamorado de su mujer y de otras, a su abuelo que no le dirigía palabra y alejado por su indiscreción de niña. Los sábados por la mañana se reunían a tomar el desayuno mientras los pájaros cantaban y el sol, a esa hora todavía no quemaba;  Manida  cortaba flores del patio y las colocaba en un jarrón transparente, luego corría hasta la cocina ayudando a su abuela a servir los deliciosos y abundantes manjares. Todo se acomodó a ese orden establecido…Manida, al volver de la escuela por esas calles polvorientas, se dirigía de inmediato a la cocina,  a ese lugar inolvidable con aroma de especias y frutas en donde el almuerzo estaba listo y todos sentados en silencio comían con amor los sabores de los guisos.  

Fue un sábado de verano, cuando su abuela le comento a la familia sus intenciones de  viajar a su pueblo para desenterrar  los restos de sus difuntos, porque, después de cierto tiempo los familiares tenía el derecho de hacer lo que quisieran con las osamentas. Esta vez Manida no la pudo acompañar y se despidieron con lágrimas.

Después de una ausencia de meses, su abuela estaba a punto de regresar a su lado. Manida, sin sonrisa se divertía caminando con los ojos cerrados  por los corredores de la casa, orientándose sintiendo el aroma de las flores y plantas, contando los pasos que debía dar para bajar los escalones porque había aprendido de su tío la habilidad de moverse a oscuras cuando jugaba con él; entraba también a la habitación donde estaban los libros y a escondidas los sacaba para leerlos porque no todos le estaban permitidos. Pronto cumpliría doce años y aun así, había preguntas que no podía hacer. Extrañaba los brazos de su abuela y sus charlas, nunca imagino que pudiera perderla.  

Sucedió una noche que la tierra tembló en Piedra Santa y sepulto entre las rocas a sus habitantes, ella dejo de respirar y murió sola, aplastada por los escombros de su casa, arrogante, sin perdonar la infidelidad de su marido, sabiendo en el fondo que ella había propiciado el desamor, porque  la censura como fue educada le impidió siempre amar, guardando las apariencias,  sintiéndose propietaria y madre celosa de su hijo, envenenado la imagen de su nuera con lengua de fuego inquisidor. Su dulce recuerdo  antes de morir fue Manida, que dejaría de amarla.      

Su nieta tuvo un presagio antes de que en casa se recibiera el telegrama que informara de su muerte y la de su tío, porque  sus sombras aparecieron acompañadas de su abuela que se sentaba en la cama, cerca de sus pies, sin hablar. Manida lo comento en la mesa a la hora del desayuno, pero nadie le creyó.  La tercera noche de su visita, la niña le dijo que estaba muy sola, que le hacía falta su ternura, el calor de sus pechos, y que  sentía miedo, pero la difunta le contesto que no podía darle más calor porque estaba fría y menos podían partir juntas, porque ella estaba muerta, la niña se conformó con esas simples palabras y las saco de sus  pensamientos.    

Fueron semanas de rezos y misas  en casa, en donde sus padres y abuelo se evitaban. La niña apartada de ellos, se sentía mejor acompañada de sus sombras. Cuando se cumplieron los cuarenta días de su muerte, los deudos se sintieron aliviados y volvieron a su rutina.

 La madre comenzó a encargarse de cocinar, atender el hogar, cuidar decenas de pájaros que le lego la difunta, limpiando a diario las jaulas de madera y las aves acostumbradas al encierro cantaban siempre al recibir alimento y agua limpia. La mujer sentía  que nada en esa casa le pertenecía: su suegro se iba sin decir nada, su marido se marchaba temprano, al medio día almorzaba y  regresaba nuevamente a trabajar, su hija sin sonrisa y lejana. La joven mujer sin saber qué hacer para cambiar la infelicidad que se había instalado en el hogar, Manida  se convirtió en la culpable, porque ella le recordaba a la mujer que detesto hasta después de muerta.  

Un par de perros viejos  que el abuelo personalmente atendía  y alimentaba porque les tenía cariño y respeto porque siempre los llevo de caza y ellos capturaban siempre algún animal.   

El padre de Manida  amaba al mar y las olas que saltaban cuando  el viento del norte entraba al pueblo, la lluvia que caía con fuerza sobre las tejas y los árboles, la belleza de la luna y las mujeres…

De cuando en cuando los gatos visitaban la casa atraídos por el olor a cocina, escondiéndose sagaces por algún rincón y saltar encorvados con furia, y rajar algunas desgraciadas lagartijas, que olvidaban moribundas, cuando se cansaban de juguetear.

Raramente en la semana se reunían a charlar, pero los sábados se sentaban los cuatro juntos después del desayuno, el abuelo sentado en la mecedora fumando su habano y tomando su acostumbrado café, sin dirigirle a la niña palabra alguna y sus padres, que pocas cosas tenían que decirse.

Manida silenciosa se escondía de ellos, buscaba la humedad de los helechos porque saciaban su sed, y del viento, porque le arrullaba y se llevaba lejos su melancolía. Fue entonces que decidió hablar con sus sombras, ellas le transmitieron su sabiduría porque eran sus antiguos ancestros,  aprendió sus nombres, de que tierras y como habían llegado hasta ahí, como habían muerto, lo que padecieron por generaciones y  entendió así porque ella  era diferente: era el resultado de todas esas suaves, extraordinarias y dulces mezclas. Escuchaba las palabras de sus sombras en diferentes lenguas, acepto su hogar, cercano al mar que era una fiera marina de largos tentáculos que se ponía furioso con el viento, esa tierra que fue refugio de piratas y esclavos, de conversos antepasados de cantos gentiles y de sombras mágicas, del calor insalubre, lluvia tenue y viento del norte que arrastraba a su paso hasta su propia historia, pero no así la voluntad de los quedaban vivos, para volver a reconstruir esa eternidad que miraba como lentamente se desbarataba todo por el paso del descuido y desamor. Ellas, sus sombras fueron sus maestros,  sus guías.  

Con el tiempo Manida se vistió de luto eterno, sin sonrisa  seca de sensaciones y fantasías se daba cuenta que iba perdiendo sus   seres con quienes había compartido su vida. Su abuelo, hecho de silencio escapo una noche sin estrellas y luna con el viento del norte soplando fuerte, nadie lo noto, iba montado en su único amor que le quedaba: una yegua pinta, y con su carabina a un costado, se perdió en las lejanías porque no quiso regresar. Sus mágicas compañeras se paseaban por los corredores de la casa y los espejos estallaban  de tanto no verse nadie en ellos.  

Manida barría el patio recogiendo las hojas de los árboles que seguían dando frutos, alimentaba a las aves y cuando crecían les retorcía el cogote  para cocinar  pucheros con los que saciaba su apetito. Salía muy poco y cuando lo hacía, le gustaba acercarse al mar para envolver su desnudes en las olas, para olvidar las penas y culpas que llevaba en su memoria, para dejarse arrastrar por la corriente sin resistencia, bebiendo de su amargura  regresar luego a su casa.  

Disfrutaba tomando café espeso y amargo, fumando los habanos de su abuelo, cuando los encontró un día limpiando los rincones y se acostumbró a ellos, le gustaba sentarse en la mecedora  frente al mueble de mimbre imaginando que charlaba con él, mientras sus ojos sonreían con ironía.

La partida de sus padres a otras tierras no le sorprendió, lo esperaba, eran viejos y estaban enfermos, la humedad del mar y el agobiante calor los mataría, y hasta le alegro que tomaran esa  decisión. Ellos y su abuela la llevaron por laberintos de dolor y perdida, nunca tuvo un hogar, ni un cariño porque no quisieron  superar sus  rencillas personales.    

Habían pasado muchos años desde ese entonces, ella convertida en toda una mujer salía al atardecer a caminar por las calles del pueblo; cubría su cabeza hasta la cintura con un rebozo oscuro y  largas faldas que ocultaban sus piernas. Saludaba a las personas que a esa hora acostumbraban a sentarse afuera de las puertas de sus casas, en sus mecedoras, para enterarse de los que habían muerto víctimas de los calores y ahogados en ellos, para  saber de los extraños que llegaban hasta el pueblo por haberse desorientado de su camino. Manida tenía un paso rápido como si tuviera urgencia de llegar a algún lugar pero no iba a ninguna parte. Esta vez, en la esquina dobló a la izquierda y pasó por el único dispensario médico, se detuvo por unos instantes mirando hacia el techo: le habían llamado la atención los insectos  girando alrededor del bombillo de luz que terminaban estrellándose. En eso estaba cuando sintió el olor de un cuerpo sudando profusamente,  al bajar la vista se encontró con un hombre que debía sentirse muy mal, tenía los parpados  cerrados y la piel como  cera, recargado en la pared esperaba   ser atendido cuando la puerta se abriera.   


Ella se acercó al desconocido y observo los surcos de su rostro y pudo leer su pasado, el pertenecía a un clan que había sufrido la persecución durante siglos. Pero algunos habían escapado y refugiándose en otros pueblos, habían conservando su lengua y escritura antigua; con los años pasaron a formar parte importante de cada localidad hasta que un   desequilibrado se nombró “unificador de la pureza de sangre”, enarbolando un estandarte de muerte y se hizo acompañar de un ejército  dispuesto a eliminar a todos los descendientes de los pueblos, adivinadores de sueños,  a los músicos callejeros,  mujeres preñadas,  niños que jugaban, abuelas que tejían, inválidos, invidentes, ancianos, jóvenes y recién nacidos. Todos eran cazados, troceados, cautivos, violados…a la  espera de su muerte.

Sin pensarlo, tomo la mano del desconocido Manida sintió un ligero dolor de aguijón en la palma de su mano, allí donde estaban fundidos sus dos diminutos amuletos que le regalo su tío. Llevo al hombre a su casa, caminaban en silencio por las polvorientas calles  de arena roja que cada año en verano llegaba de lejos. Al entrar sus sombras se apartaron al verlo y golpearon sus frentes con los puños de sus manos, escapando por los corredores. Ella las ignoro. Siete días  estuvo en cama con fiebre alta y delirando se aferraba a la vida. Morir lejos de su gente nunca lo imagino, había intentado regresar para que la muerte no lo sorprendiera, como a sus compañeros, era hijo de la guerra, servidor de un reino de otro mundo, desde pequeño había aprendido que sus enemigos eran los hombres sin tierra.

Manida se enamoró por primera vez, era una extraña sensación que no había imaginado vivir y sonrió por primera vez ante  la alegría de tener una persona tan cercana, fue como si una ola marina tibia  disolviera su gélido ayer y entonces recordó haberlo conocido en  una vida antigua de profetas. Se sentía además culpable por esos extraños sentimientos, por esa espera de siglos en los que cada cual tuvo su vida separada. Así, lo fue amando, en silencio. Se llamaba  Mateo, era un hombre fuerte con piernas firmemente plantadas sobre la tierra que pisaba dejando desolación, muerte y odio. Tenía una cicatriz en el pómulo derecho y otra en el corazón.  

Los días eran calurosos y monótonos, la gente se escondía como los reptiles hasta el atardecer cuando el aire refrescaba. Ella lo acomodaba con cariño y suavidad  en la mecedora de mimbre desgastada en la que su abuelo arrullaba sus pesadillas. Mientras tanto volvía a repartir migas de pan entre las palomas blancas y los cuervos. Conversaba con sus sombras mágicas que ahora se habían vuelto errantes, pero que siempre regresaban, agonizantes de espanto por todas las desgracias vistas y que partían cada nuevo amanecer.  

Eran ellas las que prevenían a Manida de que sería castigada por todas las contradicciones que andaban sueltas. Pero no las escuchaba. Conversaba con Mateo mientras este iba superando sus dolencias y fue así que dejo de conversar con sus antepasados, convertidos en duendes mágicos que habitaban la  casa de madera, ya desquebrajada y de un perdido color rosa, además, los cimientos, un día azules comenzaban a desmoronarse, en el patio quedaban menos árboles, se habían  enfermado tras tantos años de indiferencia y atención, la hidra crecía  profusamente por doquier y ocultaba su hogar, de los ojos  extraños, la fuente había perdido casi todos sus mosaicos arabescos y estaba seca, solo los largos corredores por donde ella caminaba seguían cubiertos por abundantes helechos y de jazmines que perfumaban las calles al anochecer y que hacían soñar con el amor. Manida flotaba por los recovecos ocultándose y apareciendo frente a los espejos rotos. Mateo y Manida se amaron una noche en que  los gatos  estaban agitados, saltaban y corrían por las bardas de las casas, con ronroneos y lamentos que rompían el silencio. Desnudo su cuerpo y se puso frente a él por primera vez, entregándole el camino y la llave de su vida

Ella hablaba  mientras dormida, en medio de sus sueños. Habían  caído los escudos. Mateo la escuchaba mientras recorría el cuerpo  de la mujer que lo había salvado de la muerte, conoció sus pensamientos secretos, su vida al lado de sus sombras mágicas como compañeras maestras.  Una memoria conservada por siglos le relataba de una Manida que había sido guardiana de un templo proscrito, portadora de la antorcha de la libertad, hereje en el fuego de la hoguera, virgen cazadora en la selva nocturna, encantadora de serpientes en las plazas de los pueblos.

Mateo tembló cuando vio junto a ella ánimas envueltas de luto, con cirios en sus manos, que lloraban lamentando tanta muerte y barbarie en la tierra.  

El hombre decidió irse  lo más rápido posible, él era un guerrero al que le enseñaron a matar y a borrar de si todo arrepentimiento. Ella lo amaba profundamente. Lo amaría hasta la eternidad. Contrariamente a lo que siempre imagino, dejo que su  corazón superara la razón, pero sabía también que todo volvería a la normalidad, a la realidad, que él la olvidaría tras su partida.  

Mateo se alejaba del pueblo,  en tanto la casa de madera ardía consumida por el fuego y el viento del norte barría sus cenizas, y el cuerpo de Manida volvía a su forma etérea y desaparecía con una estrella brillando en su pecho que Mateo labro, una estrella que le recordaría a él, acompañada de sus sombras por las calles polvorientas de su pueblo.     

Maria Dolores Villalbazo
mariadoloresvillalbazo@gmail.com
Nicosia, Chipre,  1 de marzo 2017


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