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Los pasos
Jose Maria Barrionuevo Gil. 15.04.17 
Ya estamos avisados, después de que la primavera nos fuera a ser favorable en esta Semana Santa o Semana Grande. Todos nos hemos hecho más peatones que nunca por aquello de las zonas restringidas o prohibidas al tráfico rodado. Hay que mover las piernas y llegarse, unas veces con más prisa y otras con más tranquilidad, con el objeto de poder coger un buen sitio para ver los pasos de Semana Santa. Cuando hablamos de pasos en estas fechas nos referimos  a los tronos y sus séquitos penitenciales. Cada cofradía tiene sus pasos: uno del Señor y otro de la Virgen, por regla general. Los pasos, además, tienen sus propios ritmos y sus cadencias. Podemos ver cómo los pasos del Señor son parsimoniosos, con un ritmo constante y contante, con su balanceo más que pausado, ya que se expresa la pesadez que puede suponer la carga de una cruz o que puede reflejar la falta de fuerzas del condenado, ya previamente flagelado. Sin embargo los pasos de la Virgen, con sus carrerillas, nos parecen transmitir la prisa y la preocupación que llevan casi en volandas a la Virgen.
Hace unos días, un amigo nuestro nos refirió que una vez, en Málaga, entre el bullicio de la gente y alzando cuello hasta donde podía para poder ver algo, cuando la cofradía de los Estudiantes al pasar por delante de la Tribuna, empezó a dar pasos hacia delante y otros pasos hacia atrás, escuchó a uno que decía: “Muy bien, un poquito “pa lante” y otro poquito “pa tras”, que tenemos tiempo, porque como está el trabajo, hay tiempo de sobra para los pasos y los paseos”.
    No falta en los desfiles el paso marcial de los gastadores de las distintas armas de nuestro Ministerio de Defensa (algunas veces de Ofensa), que, de paso,  nos da un repaso por el duelo de estos días, rindiendo las banderas hasta media asta. Parece ser que nadie quiere perder el paso.
    El país, nuestro país, está de paso, según nos dicen, hacia una recuperación económica. Hasta los ministros se pasean, se apuntan a los pasos o se dedican a dar pasos de ocio, porque están de vacaciones. De paso, algunas ministras hasta se tocan con las mantillas, porque no pueden dejar pasar la ocasión ni tampoco ser menos en un país tan religioso como el nuestro, en el que se está viendo que cada vez hay más religiones y menos religiosidad, lo mismo que hay más políticos, aunque solo sean asesores, y peores discursos y deficiente administración política. Los pasos de ciegos que nos ofrecen, nos hacen pensar que nos gobiernan de oídas (según lo que les dictan), igual que los conductores a los que les está grande el coche y maniobran de oído, dando por delante y por detrás a los vecinos.
    Siempre se ha dicho que “antes está la obligación que la devoción”. El país también ha pasado de distraerse con  la devoción y olvidarse de la obligación, a olvidarse, incluso, de la devoción y dedicarse a la pura y llana distracción, que por costumbre ha caracterizado a este heredero de Roma con su “pan y circo”, aunque el pan sea menos y el circo vaya en aumento.
    Las televisiones y periódicos nos muestran cómo las ciudades  y pueblos se engalanan con estas bullas de pasos. Además, de paso, este año, nos hemos ahorrado las lágrimas de la semana, aunque los pantanos estén bastante por debajo de los niveles normales para esta época del año.   
    Con todo, deseamos que estos pasos nuestros no sean ni tiempos ni “pasos perdidos”, como los del salón del Congreso, porque no nos llevarían a ninguna parte. Parece ser que en las antiguas casas coloniales había un salón de tránsito, que era conocido como “Salón de los pasos perdidos” y que era una expresión popular, descendiente de la cultura arquitectónica francesa.
    André Breton, en su libro “Los pasos perdidos”,  describía sus aprendizajes y tropiezos, y con su título evocaba una especie de camino a tientas: un andar que lo conduciría del absurdo y el nihilismo del movimiento Dadá al optimismo y afirmación de la condición humana del Surrealismo. Pensaba que “Una alegría del espíritu es una bocanada de aire”.  A todos nosotros nos hace falta respirar. No nos está prescrito lo que tenemos que hacer y mucho menos por los medios, las modas, las irresistibles costumbres “encerradas en los acontecimientos”. Volver a su templo es una santa costumbre para nuestras imágenes sagradas, pero nuestro espíritu tiene que progresar (“gressus” =paso) y no volver atrás, para no dar por perdidos tantos pasos históricos, políticos y  sociales.
josemª 
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