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Semillas de felicidad
Pedro Biedma. 10.07.18 
Malhumorado, Juan, recopiló todas sus pertenencias y con un ansia desenfrenada se dispuso a abandonar aquel ruidoso lugar. Durante la noche fue incapaz de lograr un sólo minuto de paz, la verdad que las vistas no tenían desperdicio, pero nadie le comentó la cantidad y variedad de sonidos que allí se congregaban. Su intención al llegar, consistía simplemente en descansar y atrapar, una noche más, su sueño preferido.
Ese donde se convertía en un agricultor que observaba sus inmensas tierras, plantadas con miles de semillas de felicidad. El año había sido duro pero en esa ocasión no hubo plagas, ni destrozos causados por las inclemencias del tiempo, ni pajarracos negros que se alimentaran de sus semillas, ese año todo los factores resultaron propicios. Por fin, podía comprobar junto a sus dos hijos, que le contemplaban orgullosos, como sus semillas daban sus merecidos frutos. Estaba claro que esa noche no le visito tal sueño, ni ningún otro.
Lo primero que pensó fue solicitar una hoja de reclamaciones, pero no halló a nadie en recepción. En el fondo era consciente de que no serviría para nada, lo que tenía muy claro  es que nunca más pernoctaría allí.
Así que con la mayor rapidez posible, guardó todas sus enseres en su vehículo y emprendió el recorrido, huyendo igual que un alma al que persigue el diablo.
Ni por un instante se planteó desayunar en las cafeterías cercanas, al cabo de unos minutos, una inconfundible señal en forma de extraños ruidos  provenientes de su estómago, le indicaban la necesidad de tomar un buen café acompañado de cualquier alimento comestible. Con el propósito de detener el desafinado concierto, señaló en el gps de su cerebro la dirección de su cafetería favorita. Allí no le defraudarían, la distancia que le separaba era mayor a la habitual, pero como solía decir su padre ,“más vale malo conocido que bueno por conocer”.
Aceleró el ritmo y tomó la primera calle a la derecha, llevaba combustible de sobra, después de aproximadamente unos veinte minutos de monótono trayecto llegó a su destino.
El lugar se hallaba abarrotado, recordó entonces, igual que cada vez que acudía, ese programa que contemplaba desde su cómodo y añorado sillón de su casa. En él aparecían dos cómicos malagueños que dieron fama a la frase:
–    “La plaza estaba abarrotá”.
Soltó un par de carcajadas en voz alta que surtieron el efecto de terapia barata, gracias a ella olvidó su nefasta experiencia nocturna.
Tuvo la gran suerte de encontrar un hueco libre al fondo, junto a los aseos, no le importaba pues dejó de ser exigente hace años, por lo que ocupó rápidamente la mesa, antes que otro avispado cliente se adelantara. María, la simpática camarera del local, le saludó con amabilidad, sin preguntarle qué le apetecía desayunar, le sirvió un café con leche y un par de paquetitos de galletas. Por casualidad, se llamaban igual que ella, eso también le hizo gracia a Juan y en tono jocoso comentó:
–    “María, tu galleta ahora es mía”, ella aceptó la rima con una sonrisa y simuló no haber oído nunca la frase.
Ni cinco minutos tardó en devorar aquéllos manjares, le supo a poco. El viaje que le quedaba por delante se suponía largo y agotador por lo que decidió repetir, realizó una señal que la camarera identificó al instante. Tomó su segundo café y guardó las galletas en el bolsillo de su camisa.
–    “Por sí acaso me entra hambre en el trayecto”, murmuró en voz baja.
Antes de marcharse visitó el aseo, se refrescó un poco la cara y tras hacer sus necesidades, abandonó el local. Al salir se despidió de María con unas breves palabras de gratitud:
–    “Adiós guapa y gracias por todo”, ella le posó con ternura su mano derecha sobre el hombro y le dedicó una nueva sonrisa.
–     “Hasta mañana Juan, que tenga un buen día”, le dijo mientras le ofrecía con disimulo otro paquete de galletas.
Juan agachó la cabeza y aceptó el detalle, con maestría y celeridad lo ocultó en el pantalón, antes de que alguien notase el trato de preferencia que recibía.
En la calle el calor era el comentario estrella del día, algo muy normal a mediados del mes de  Agosto, eso a Juan no le preocupaba demasiado. Su vehículo incorporaba de serie un estupendo aire acondicionado, así que agarró el volante y emprendió su camino..
Durante un par de horas avanzó sin problemas, de repente su gps dejó de funcionar y desorientado prosiguió avanzando. La zona no le resultaba conocida, todas las calles parecían iguales, no visualizaba ningún lugar reconocible. Se sentía como un ratoncillo, dando vueltas y vueltas en la rueda de su jaula, sin avanzar ni un centímetro.
Miró su viejo reloj, señalaba las tres de la tarde, fatigado se detuvo junto a un establecimiento. Estacionó el vehículo en un lugar estratégico donde podía vigilarlo, buscó las monedas sueltas que guardaba en su interior y accedió al local. Una vez dentro recordó que ya había estado allí en alguna otra ocasión, la cara del dependiente era de las que no se olvidan con facilidad, su antipatía tampoco.
–    “¡Hombre!, ¿otra vez por aquí?, ¿a ver qué quieres hoy?
–    “Seguro que no es su mejor día”, pensó Juan.
Avergonzado avanzó hasta el mostrador, con un cierto tono de timidez, pidió un bocadillo de mortadela de aceitunas y un buen vino, un buen vino tinto. El dependiente le cobró por anticipado y con cara de pocos amigos, le lanzó una advertencia:
–    “Espero que te comportes mejor que la última vez”.
Salió cabizbajo y murmurando en voz baja:
–    “Definitivamente o no tiene su mejor día o simplemente es imbécil”.
Una vez en el exterior buscó un espacio libre y tranquilo, se decantó por uno donde el sol castigaba con fuerza, pero perfecto para sus intenciones, ya que le permitía controlar su vehículo.
En unos minutos el bocadillo y el vino pasaron a ser historia, así que optó por visitar una vez más al desagradable señor del interior, ahora sólo se decantaría por el vino pero en esta ocasión blanco. Con paso firme y decidido, cruzó la puerta con la intención de obviar cualquier necio comentario del amargado empleado. Al fin y al cabo él disponía de dinero y lo iba a pagar, no estaba mendigando.
–    “Allá cada  uno con sus problemas”, pensó.
–    “¿Ahora blanco?” le preguntó irónicamente el señor del delantal.
En esta ocasión, y quizás envalentonado por el efecto del vino tinto que tan rápido bebió, no se mantuvo callado y respondió:
–    “Sí, ahora blanco, ¿algún problema?”
Le arrojó las monedas sobre el mostrador y tras coger el vino, volvió a su asiento susurrando:
–    “¿Será posible el tío este?, pues no me ha recordado a mi fallecida esposa con el vino, ya no vuelvo más mientras me acuerde.
El sol debía de estar ya cocinando, pues sus fogones desprendían un calor insoportable, esto unido al enorme cansancio acumulado y con la inestimable ayuda del vino, sumió a Juan en un profundo sueño del que no despertó hasta pasadas al menos tres horas.
Se incorporó con el amargo sabor en el paladar que deja la resaca y acompañado de su inseparable y fiel compañero de aventuras, un fuerte dolor de cabeza. El tiempo apremiaba y aún quedaban muchos asuntos pendientes que resolver, dibujó un planning mental y se puso manos a la obra, no había tiempo que perder.
Se agarró con fuerzas a su vetusto y destartalado carro de supermercado, revisó, minuciosamente, que no le faltaba ninguno de sus tesoros y tambaleante comenzó a caminar con rumbo a sus contenedores favoritos.
Hoy tenía buenas sensaciones, seguro que encontraría algún objeto valioso para aumentar su colección y, quizás, algo de comida en buen estado con la que silenciar su quejica tripa.
Esos contenedores casi nunca fallaban, obtuvo algunos cartones, un par de zapatos desgastados que no eran de su talla, un detalle sin importancia. Efectivamente su intuición no le engañó, localizó un trozo de carne, algo mordida, pero Juan no era nada escrupuloso, hace años que dejó de serlo.
Ordenó, meticulosamente, todo en su valioso carro y tomó el camino que le llevaba hasta su calle favorita, su gps de nuevo funcionaba. En ella recaudó unas pocas monedas, las suficientes para comprar un par de botellas de cerveza, incluso le sobró alguna para el día siguiente.
Luego, como no, se centró en localizar una tranquila morada, sin ruidos, exenta de dudosas compañías ajenas, un espacio donde sentirse seguro de no recibir ningún golpe o algo peor. Aún recuerda con pavor la última paliza recibida por parte de un grupo de indeseables. No temía el dolor ocasionado por los múltiples puñetazos y patadas, le espantaba el eco provocado por las gratuítas risas y burlas.
Al fin halló un espacio ideal, en él solo le molestaría alguna rata o un gato callejero. Desplegó los cartones, cuidadosamente sacó la comida y las cervezas de su carrito y tomó asiento, sus piernas lo agradecieron.
Con la mirada al frente, sin dejar de vigilar, saboreó la carne, se trataba del resto de un  muslo de pollo, mientras masticaba pensaba:
–    “No entiendo cómo la gente tira este manjar a la basura”.
A continuación abrió con sus maltrechos dientes las cervezas calientes, con un par de tragos acabó con la primera, saboreó pausadamente la segunda y esperó a que su efecto sedante le trasladase al reino de Morfeo.
Antes de caer redondo, rezó como todas las noches, a ese Dios que un día le abandonó y al que aún espera que vuelva. En sus plegarias no suplica dinero, amor ni salud, solo ruega  retomar su sueño preferido, ese donde se convertía en un agricultor que observaba sus inmensas tierras, plantadas con miles de semillas de felicidad. El año había sido duro pero en esa ocasión no hubo plagas, ni destrozos causados por las inclemencias del tiempo, ni pajarracos negros que se alimentaran de sus semillas, ese año todo los factores resultaron propicios. Por fin, podía comprobar junto a sus dos hijos, que le contemplaban orgullosos, como sus semillas daban sus merecidos frutos.
Mañana seguro que incluirá en su vieja y pesada mochila una nueva anécdota para incrementar su colección. El día que su sueño se convierta en realidad las compartirá con los suyos, mientras reirán todos juntos alrededor de una enorme mesa redonda, como solían hacer hace ya algunos años.
Ojalá exista un día en el que Juan y todas las personas que lo han perdido todo, vean cumplidos sus sueños.
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