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“JULIO POLICÍA”, en la complicada investigación de saber quién se robó el cañón municipal
Cuentos y relatos globales. 06.01.19 
Los únicos filósofos auténticos que hoy quedan son los policías.”
Vive por estos días mi amigo Julio, el ex policía, la experiencia de volver por sus fueros de mejor gendarme del mundo y, suspendiendo su disfrutado retiro de la actividad, revivido y vestido de nuevo como tal, dada su práctica, su maestría y sus conocimientos detectivescos, iniciar la complicada investigación de saber quién o quienes, hace ya algo más de unos treinta años, de los pasillos intemporales de la alcaldía, se robaron el cañón municipal, gloriosa insignia y divisa de nuestra historia que desde los tiempos de La Colonia, era la costumbre y tradición, se hacía ruidosamente disparar como la mayor garganta metálica de la región y, con ella, a los cuatro vientos anunciar la importancia y la llegada de las fiestas de la patria, el inicio de las fiestas patronales, la visita del obispo, la muerte del papa, o del presidente el inicio y el final de la jornada electoral o una posible invasión o guerra por discusión de límites contra Tubará.
Pretende el actual alcalde, interesadísimo en que el pueblo vuelva a contar con la familiar y usual reliquia, que para la fiesta patronal de la Inmaculada Concepción, el próximo 8 de diciembre, a las cinco de la mañana, sea el viejo cañón municipal el anunciante del comienzo de los festejos como se hacía antes y, de paso, clavar en la guandoca a los ladrones de lesa historia que con su mala acción han dejado sin noción de independencia y sin carácter libertario y sin sentido heroico al pueblo por tantos años…

El caso es que, sobre el particular, hablé con Julio y me dijo que, más que una investigación a él pedida, lo que se le ha asignado es toda una larga novela en búsqueda de ladrones que ni los agentes de la Scotland Yard quizás encuentren, pero asimismo me confesó que hará todo cuanto humanamente le sea posible para dar con el valioso cañón y echar el guante a los bandido desafiantes de la autoridad.

La verdad es que lo del robo, por lo que yo considero, está envuelto en una cortina de humo sin nombres conocidos, aunque todo el mundo sabe quién o quiénes pueden ser, lo que es muy propio de este tipo de investigaciones; Julio, atando cabos a veces, pierde el ovillo de la trama inicial y cuando lo v retoma, este no le encaja en sus dudas y supuestos y, entonces, sale a la calle para tomar aire, rascarse preocupado la cabeza y oír sin querer a la opinión pública.

Hasta el momento, Julio señala tener 88 sospechosos, algunos de los cuales han muerto, otros ya no viven en el pueblo y, los restantes caminan por las calles del pueblo como si nada…al tiempo que reflexiona y me pone de presente estas importantes consideraciones: Al cañón se lo robaron de noche; es algo muy visible para sacarlo de día. Quienes se lo robaron no tenían el más mínimo sentido académico histórico y social de lo que hicieron. Al inicio, conocido el hurto, hubo mucha alharaca y despiste, lo que aprovecharon los ladrones para discretamente escapar de la curiosidad pública; todo mundo decía saber quiénes fueron y nadie sabía nada. El cañón no fue transitado por las calles del pueblo, tuvo que ser movilizado en un vehículo. El cañón ha podido tener tres tristes finales: lo vendieron y el reducidor lo vendió a su vez a una fundidora; lo sacaron del país como pieza de museo o lo tiene por ahí un loco sosteniendo como ornamento la puerta de su casa que es para lo que finalmente, según él, sirve un cañón viejo.

La novela de Julio y el cañón municipal, sin embargo, no va mal encaminada; ojalá la siga…porque somos muchos los buenos ciudadanos del pueblo quienes deseamos que se descubra todo y que se derrumbe el muro de dudas en torno a lo del cañón del cual no quedó ni una fotografía que, publicada en los periódicos, serviría para anunciar esto precisamente:” Se busca un cañón. Recompensa: una medalla al mérito del buen ciudadano”…

Hay quienes dicen que el robo vino de adentro; es decir, de la misma alcaldía, alguien o algunos a quien un alcalde botó por efectos de burocracia o que nunca les pagaron sus vacaciones ni liquidaciones, sin acudir antes donde un abogado porque este, algo pícaro él, les cobraba más de lo que les iban a pagar –quien sabe- pudieron haberlo hecho…

Julio, mientras se toma una taza de café, se queja de que algunas personas no se han mostrado colaboradoras con su investigación y que esto atrasa su agudeza de sabueso y pone muy lejos las posibles capturas persiguiendo rastros sin huellas, en tanto altivo se cala su gorra, coloca su mano en su arma de dotación y dice:

-Imagino que los ladrones deben ser algo alto y fornido porque el cañón era pesado. Un filimico pequeño no sirve para estos casos. Además, en la alcaldía no se cuenta con una lupa para ver si aún sobrevive una huella en las paredes y por lo pronto es la tontería más grande que la gente me pregunte: ¿Julio, quién se robó el cañón? Hasta ahora, todo indica que los rateros entraron por la puerta de la alcaldía sin violentarla, tranquilamente y como Pedro en su casa y como el mismo Pedro, sereno y amable de esta salió y, ante la posibilidad de que si algún curso les pregunto: ¿Qué llevan ahí?...Estos bandidos les dijeran: “Naa, un hierro viejo”…

Julio no pierde nada con continuar la investigación, el caso está abierto y en la conciencia de cada buen ciudadano del pueblo existe todavía la confianza de que los ladrones pronto caerán; es por eso que “el Churre”, indignado y patriótico, expresivo por naturaleza, rompiendo el largo silencio a torno al triste hecho, sacando fuerzas de sus células aún vitales, se levante de su asiento y desde la esquina de su casa, creyendo que la honradez debe ser una verdad, y en tiempos en que de esta ya nada se encuentra, enojado grite.

-¡Qué aparezca el cañón nojodaaaa… pícaros, sinvergüenzas Esa bellaquería no se le hace al pueblo…Hijos de la mala leche!

JAMES GRAHAM BALLARD
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