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No somos esclavos de nuestros genes (2)
Jose Maria Barrionuevo Gil. 13.04.19 
Ya sabemos que no todos nuestros genes gozan de la misma facilidad de ser reconducidos y mostrar su mejor aspecto, o sea, su aspecto humano. Sin embargo, ya nos avisó Steven Pinker, psicólogo experimental, científico cognitivo y lingüista, afirmándonos que estamos programados para mejorar nuestros genes. Sin embargo, a pesar de haberse casado tres veces, no ha tenido hijos para poderle facilitar una dinámica genética a su descendencia. Parece ser que ha dicho que “si a mis genes no  les gusta, que se tiren de un puente”. La genética no es tan maleable como nos gustaría, pues a veces se pone tozuda.
La epigenética se define como el estudio de los mecanismos que regulan la expresión de los genes que establecen una relación entre las influencias genéticas y las ambientales, relación que termina configurando un fenotipo. Pero ya sabemos también que no tenemos todas  esas influencias a nuestra disposición.
Si los otros días hablábamos sobre las posibilidades con las que contábamos y que estaba en nuestras manos el poder influir en nuestras predisposiciones genéticas por medio del ambiente, de las creencias, de la alimentación, de las actitudes... hoy podemos hablar de esa intuición milenaria de la que siempre hemos estado informados, incluso antes de que Mendel se pusiera a estudiar los genes.
    Pinker nos ha recordado que las personas no nacen como una tabla rasa, como muchas veces se nos ha podido decir. Sabemos que las bases genéticas conforman un  bagaje, a todas luces, nada inerte. Sin embargo, la intuición milenaria de la que estábamos hablando, aunque no se llamara, por supuesto, epigenética, ha estado latente y procurando tomar parte en el desarrollo humano, para bien o para mal, ya que a estas alturas de nuestra evolución, todavía se sigue pensando que nuestro poder sobre los genes puede ser muy eficaz.
    Por ello nos llamó la atención que en el coloquio posterior a la conferencia, un compañero nos recordara aquel  antiguo adagio de que “quien pega primero pega dos veces”, pues tanto ahora como desde casi siempre, ha habido estrategias educativas que han procurado abordar antes que nada el tema del desarrollo de las criaturas y marcar una línea determinada en el desarrollo y educación de los descendientes. (No recordemos los “Centros de reeducación del franquismo”).
    Ni más ni menos se ha intentado inducir desde la más tierna infancia unas definidas actitudes y creencias que han sido imbuidas, desde fuera, claro está, para dirigir el pensar y la actuación o proceder de los neófitos. En general ha habido un desarrollo demasiado autoritario en la educación, que siempre ha venido de arriba hacia abajo, desde fuera hacia dentro, como si el único criterio de educación fuera la autoridad. Este modo de entender la educación dista relativamente  poco de lo que Konrad Lorenz llamaba el “troquelado” que descubrió con el comportamiento, bastante “reflejo”, de algunas aves en los primeros momentos de su existencia.
    Así nos comentó que otras pedagogías como la Waldorf, a la que había hecho mención la conferenciante, o la Freinet y la de todos los movimientos de la Escuela Moderna, habían quedado orilladas en la educación de este nuestro país tan variopinto, pero tan obligadamente uniforme en lo que a educación se refiere, porque ha seguido una directriz autoritaria que ha mermado mucho las posibilidades de muchas personas. Hoy sabemos de las inteligencias múltiples, pero sigue imperando el memorismo. El memorismo, como casi única racionalidad, hace sus estragos en las mentes de los aprendices, que piensan que no hay otra manera de aprender, cuando sabemos que la “racionalidad” del memorismo está sesgada y “troquela” la mente de los estudiantes.
    Parece que se entiende mal lo de aprender jugando, cuando se piensa que siempre hay que hacerlo en todas las etapas del aprendizaje. La “infantería” de la educación aprende jugando más, porque es la dimensión emocional la que inunda casi todas sus actividades y conforme va creciendo se puede ir reduciendo lo emocional y acrecentando lo racional, pero siempre siguiendo pautas de equilibrio.
    Podemos afirmar que “no somos esclavos de nuestros genes” y que tenemos márgenes para reconducir nuestras dotaciones genéticas en beneficio de nostoros y de los demás. (Continuará).
josemª                                                 
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