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Crónicas del otro “Macondo” -Historias para ganarle al olvido-
Con el pieblo metido dentro del alma
Cuentos y relatos globales. 07.07.19 
Los que un día se fueron con lágrimas de su pueblo, no cosecharán lágrimas de olvido con su ausencia, sembrarán semilas de alegría con su regreso…
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Escuché por la radio, hace unos días, la mblemática canción colombiana “Pueblito Viejo” y, con el alma arrugada y el oficio de ponerme triste porque ahora por albures del destino estoy lejos, me acuerdo del mío, de mi pueblo, aquel de calles llenas de sol donde, de niño, le sonreía a la vida y coleccionaba, con Jaime, el de Josefa, estampillas que Teresa Picón, la telegrafista, nos regalaba…Y entonces descubrí que a su pueblo lo lleva uno por dentro, anidado en el corazón de quienes hoy allí no estamos o ya se fueron…
…Y oyendo la misma canción, de mi pueblo reconstruí en la mente sus calles, sus callejones, sus esquinas, su plaza, mi barrio, mi casa, mis vecinos y, por lo tanto se siente uno algo viejo y ve como, sin detención posible, ha transcurrido el tiempo bajo aquel mismo pedazo de cielo que aún le adorna y, en el intento de una lagrima detenida, hago memoria de que apoyado en una ventana miraba a la vecinita de enfrente volviéndose mujer en su nombre de mujer…

Se aferra uno en consecuencia a las reminiscencias cual la grama de moño a la húmeda tierra y como el verdín a las paredes de la alberca que , que de niño, sacando a baldados el agua del pozo, tapizaba el estanque casero y, rondando la nostalgia, experimenta también uno que su pueblo está ahí, dentro, bien adentro; en el alma, en el juego de hacer con las sombras, en el telón de una pared, al haz de la luz de la lámpara de gasolina, animales con movimiento entrelazando manos y dedos; en tanto en la otra esquina, en la noche clara, una ronda canta: Luna dame pan, que tus hijos no me dan…

Miro en un rincón del cuarto mi maleta e irremediable, pienso en viaje; pero es un viaje interior que nunca las aduanas detienen ni esculcan…Es un viaje sin boleto montado en el veloz vehículo del pensamiento que vuela y en ese momento, estoy allí, en mi pueblo, metido en sus tiendas olorosas a panela revenida y a guineo maduro…y en ellas, en abierto desenfado contra las compras a crédito, colgado en la pared, el infaltable cuadro del: “Hoy no fío, mañana sí”…Y al mismo tiempo estoy en la fresca y cristalina corriente de Arroyo Grande donde me bañaba y sus aguas me lavaban el alma; pero hoy no porque vuelvo allí y un arrume de basuras y de desechos plásticos le obliga a morir en el abandono y en la desmemoria…Y estoy por igual en el jardín de mi mamá con sus matas sembradas en las latas de “Saltinas Noel” donde, en un asombro desconcertante, florecen rosas, corales y cayenas a toda hora… Y por ello escribo esto en mi cuaderno de notas que es un catálogo lleno de nostalgias…Y todavía en los bolsillos de la memoria cargo el trompo arenero que guardara y allí la doblada lista de compra que en una hoja de papel de libreta, escrita a lápiz, llevé a la tienda en el canto de: Señora Hilda, a mi mamá que le haga el favor de venderle una libra de arroz; un cuarto de manteca; una papeleta de café; una libra de azúcar; un plátano maduro; media libra de sal; dos panelas, tres cebollas rojas; dos tomates para ensalada; media libra de papa; una caja de fósforos; un “Bombón Colombina” y la ñapa y que mañana, sin falta, le paga…Y se me hacen lágrimas los ojos en la evocación de los vistosos papeles de colores que, para las cometas de la infancia pero ahora de la ausencia, en su almacén me vendía la “Niña Nené”.., Y se perpetua la añoranza en el corazón que en la pared desconchada de mi escuela pinté junto con dos iniciales ilusas…Y no muere allí la remembranza porque viene al pensamiento el ladrillo suelto de un muro encubierto guardando bajo secreto algo mío en el propósito de que nadie más lo supiera, sólo Dios en el cielo…Y haciendo alusiones, de a pie y sin zapatos, callejeando, eran míos los cuatro puntos cardinales del pueblo sabiendo de él lo que pasaba arriba y abajo, a un lado o al otro lado para después, como en una canción, contar con mis palabras sobrecogidas lo visto agregando en el evento, con picardía en la mirada, algo de mi invención…

Yo creo que conmigo no nació el olvido y que, con el pasado en presente, vuelvo al reencuentro de tantas cosas, de tanto tiempo y, por tanto llevo a mi pueblo por dentro, en la sangre que corre por mis venas, almacenando recordaciones y así le gano a la omisión sentado a la sombra de lo que fueron los almendros del parque, retozando al alar del techo de palma de la casa de Conchita próspera arriba en plantas parásitas…O mirando la puerta abierta de la vivienda de María Andrea por donde, desde su radio sintonizado en Emisoras Riomar, del Circuito Todelar de Colombia, salían voces de la infaltable radionovela de las tres de la tarde…

…Hay pues un pueblo en el alma de cada quien y, en la ausencia, a él, sin viajar se llega a la hora del recuerdo sintiendo en la bastedad de sus fértiles campos la voz callada de sus maizales mecidos por el viento, percibiendo sobre el duro piso el taconeo de madera de la tercera pierna del abuelo: su bastón…Advirtiendo el ronroneo de colmena que los domingos hacen los fieles saliendo de la iglesia después de la misa mayor…Y por tal motivo, la vida igual viajera, de un lado a otro, pasa en el coqueto virgen de las quinceañeras que transitan…Y en el teatro de tantas acontecimientos me hago la idea de que mi pueblo, el de antes, estaba “confeccionado” casi con manos que perseguían el vuelo de las mariposas y el de las libélulas de invierno; lo mismo que en las manos de las viejas lavanderas por atrapar el Sol y el viento que en las cercas secara la ropa tendida…, viento mismo que traía a mis oídos la voz hecha poesía de Bartolo diciendo de Neruda: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo; la noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”…Y en el ajetreo de aquella vida, todo tiene sentido y se siente uno, de alguna manera, vinculado a la acostumbrada borrachera de Rafael Ángel compartiendo con el “Churre” en medio de voces acaloradas…Y se solidariza uno con el alcalde en el empeño de ayudarle a encerrar en el coso municipal a los animales callejeros…Y todo en el pueblo, en tu pueblo, en el mío, tiene vida, vida para la vida misma, por eso lo llevo metido en las entrañas… es asunto tuyo… asunto mío…asunto del alma y de allí se hace difícil mandarlo al carajo porque germina cada día en lo más profundo de uno una voluntad jamás dispuesta al olvido, ese olvido que todo lo mata menos el tiempo…Por eso quiero que el recuerdo eterno de mi pueblo, esté yo donde esté, me acompañe hasta los días finales de mi última arruga y de mi última cana “ acariciando” con un puntapié la olvidada bola de caucho conque jugara fútbol en la cancha de “El Palenque”; prestando atención al canto madrugador de un gallo de horario fijo montado en la rama de un árbol…y oliendo el perfume de jardín ambulante de la mujer que cruza…, escuchando el ladrido de “Limber", mi perro, correteando gatos encaramados, adivinando sobre mi cabeza la lluvia pertinaz de un octubre de cielo roto…, y en lontananza la quejosa voz de José María vendiendo sus “cocás”…y el pito del bus que en la plaza no sabe uno si viene o se va…y palpo que mi corazón está allí, en mi pueblo, donde debe estar…

Quizás hoy el cielo de mi pueblo no tiene cometas que, igual que antes, le adornen. Quizás muchas puertas antiguamente abiertas, permanecen ahora cerradas. Es posible que Ramírez, el de los helados en la esquina de la cantina de la “Niña Sara”, a su tierra se marchara y tal vez en los tejidos de la oscura noche, bajo el campanario de la iglesia, de vuelta, no estén los novios clandestinos…

Hago en este momento un prolongado silencio mental y al compás de la canción “Pueblito Viejo”, guardo mis vivencias y añoranzas, puede que nadie esté interesado en ellas y en el ahogo de una lágrima que no brota, con un nudo en la garganta, hasta después de muerto, se queda uno con el pueblo metido dentro del alma…

Walter E. Pimienta Jiménez.

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