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Estado de gravedad permanente
Jose Maria Barrionuevo Gil. 12.01.20 
Con el correr del tiempo y de los tiempos que, aunque no participen en la San Silvestre de ningún lugar, nos pasan vertiginosamente por nuestro lado y hasta por dentro, hemos podido observar, porque para eso estamos por aquí todavía, que lo nuestro es la ley de la gravedad. La gravedad nos hace caer al menor descuido. Nadie se libra de un desequilibrio, de un traspiés, de un resbalón... La gravedad, y lo sabemos, nos hace caer muchas veces, pero no en la cuenta. Y eso que nos han contado infinidad de veces, ejemplarmente, casos de caídas tontas, porque todos tenemos oportunidades samaritanas de avisar a los demás con nuestras experiencias y conocimientos, por aquello de que “quien avisa no es traidor”.
Sin meternos en profundidades cuánticas de leyes, la sencilla y tan natural ley de la gravedad todavía nos da alguna que otra lección para andar por casa y, por supuesto, para salir a la calle y andar por las plazas, para que no nos precipitemos sobre el suelo que pisamos. Con la gravedad el suelo se nos muestra propicio a cualquier guarrazo vulgaris, sin ninguna pretensión impertinente, porque nuestra naturaleza ha preferido erguirse sobre los demás animales de esta nuestra Tierra, la de todos, sin reparar lo más mínimo en nuestras múltiples limitaciones. Siempre se ha dicho que no caemos de pie como los gatos. Las leyes también las reconocemos, pero nuestro fragil entendimiento muchas veces se nos ausenta o nos deja huérfanos y sin protección alguna.

Todos, unos antes y otros después, hemos podido ver en las noticias cómo la gente ha dejado nuestro suelo, tan patrio, lleno de toda clase de desperdicios, de plásticos, papeles... porque la ley general de la gravedad ha sido cumplida inexorablemente.
El año nuevo 2020 ha quedado hecho unos zorros con tanta basura repartida “ad libitum” por toda nuestra geografía, que hacía patria más que nunca. Parece que nos gusta sembrarlo todo, pero no de esperanzas. Los propósitos también se nos caen de las manos, porque los dedos se nos quedan embargados con el cuento y conteo de las uvas. De todos es conocido aquel refrán de que “el que venga detrás que arree” y así nos va con el abandono de la ciudadanía, que deja un reguero de basuras a la vez que de incivismo.
“El hábito no hace al monje”, pero los hábitos nos definen. Nuestra descuidada costumbre de dejar caer, cuando no tirar al suelo para que lleguen antes, nuestros artísticos envases, nuestros innecesarios envoltorios y hasta nuestros prospectos de propaganda, parece declararse con unas señas de identidad, que mostramos a todo el mundo mundial.
No solo el fin de año queda a la intemperie, sino que, sin pausa, el año nuevo nos coge sin haber aprendido a dejar nuestro paso por las calendas con más alegría y, a la vez, con más acertado comportamieto. Parece que el estado de gravedad permanente no va a poder ser revisado nunca.
La noche de Reyes culmina con un desfile, pero de basuras, porque el personal hace el esfuerzo hasta de agacharse para coger los caramelos, pero no para guardarse los envoltorios en los bolsillos y, así, poder depositarlos en el cubo o contenedor de reciclar más próximo. Incluso se han inventado unos disparadores de anchas serpentinas que se cuelgan solitas de las farolas, cables, áboles y tejados, que no se pueden barrer. Además las antiguas serpentinas de mano se han convertido en  confetis que vuelan descaradamente y lo alfombran todo, obedientes a la ley de la gravedad. De las salidas de las bodas ni hablamos, porque cada día nos reclama la misma gravedad permanente.
La tecnología acude, hoy en día, a corregir tanto desaguisado con sus aspiradoras y con sus batallones de barrenderos bien pertrechados, para quitar de enmedio tantos desperdicios, como si de una terapia concienzuda se tratara.
Estas terapias no causan mucho malestar, habida cuenta de que “la sangre no llega al río”, pero el río y el mar pueden verse como anestesiados por la inoculación de tanta  basura en sus naturales venas y que pueden cerrar el ciclo filtrándose con el tiempo en nuestras vitales venas.
Todo este tecnológico “mare magnum” terapéutico ha olvidado el principio de la prevención, que nos dice que “más vale prevenir que curar”, pues se trata de mantener la limpieza, no de remediarla, porque ha sido hábilmente preparado por una industria de lo superfluo, que convive en esta “sociedad y cultura del envase”, como nos dijera, hace tiempo, Eduardo Galeano.
josemª    
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