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La banca pública y la pandemia leoliberal
Eduardo Saez Maldonado. 14.09.20 
La reciente controversia sobre la más que probable fusión de Bankia y Caixabank no ha tenido la relevancia mediática que merece pues, más allá de las consideraciones que se puedan hacer desde un punto de vista estrictamente económico y social (concentración bancaria, disminución de la competencia, cierre de oficinas, etcétera) hay unas consideraciones políticas que se han tratado muy de pasada pero que son, en mi opinión, muy significativas de la situación actual del gobierno y de lo que podemos esperar de él en el futuro próximo. Veamos.
Bankia es, en la actualidad, una empresa de capital público mayoritariamente ya que el estado, a raíz del rescate y  la nacionalización que (muy a su pesar) hizo el PP cuando le tocó gobernar la crisis del año 08, pasó a ser propietario del 61% de las acciones de Bankia.
Además de la necesidad de que el Estado disponga de una sanidad y una educación públicas y de calidad (algo que ya casi nadie discute), existen otras áreas de la economía que, dada su importancia estratégica, la izquierda política ha considerado históricamente que deben estar en manos públicas (o al menos en parte).  Y estas áreas son la banca y la energía.
El PSOE ya fue claudicando de estas aspiraciones históricas a medida que se fue haciendo menos de izquierdas y más liberal (socialdemocracia se llamó) hasta el punto de que fue Felipe González el que inició la venta y desmantelamiento de las empresas públicas estratégicas que dejaron el país en manos de los intereses privados.

Ahora, gracias a la coyuntura que se dio con la necesaria nacionalización de Bankia, nos encontramos con una oportunidad histórica de convertir a esta entidad en una banca pública de verdad que, más allá de los intereses económicos imperantes, ofreciera a la ciudadanía un servicio bancario justo y equilibrado que diera estabilidad al sector y controlara los desmanes que la banca ha venido cometiendo históricamente (deficiente servicio, comisiones y cláusulas abusivas etcétera) gracias a su situación de poder desmesurado. Sería, de alguna manera, algo parecido a la sanidad y la educación, que son servicios públicos que ofrece el Estado pero que disponen de alternativas privadas para el que las quiera usar o, incluso, compaginar.

Mi ingenuidad, sin embargo, sigue tropezando una y otra vez con la misma piedra pues ya Pedro Sánchez dejó clara su postura de arrodillarse ante la banca cuando informó públicamente, antes de cerrar con Unidos Podemos los acuerdos de la coalición, que su Vicepresidenta Económica y Ministra de Economía sería Nadia Calviño, neoliberal de manual. Y claro, Nadia Calviño ha gestionado las "necesarias" fusiones que dejarán  la participación pública del Estado en el nuevo banco del 61% en un 14%, totalmente irrelevante a efectos de toma de decisiones. Una reprivatización.

Nos podemos ir olvidando ya, por tanto, de la posibilidad de una banca pública que, como hemos comentado, regulara el mercado en beneficio de la ciudadanía, pero que también dirigiera inversiones y concesiones de créditos a proyectos positivos, que invirtieran en energías renovables e industria sostenible, cultura, innovación, proyectos agrícolas sostenibles, ecológicos y que fomenten los circuitos cortos de distribución y consumo,  etcétera  y no en proyectos puramente especulativos, venta de armas a Arabia para matar niños yemeníes, etcétera.

Y del PSOE, ya digo, no podíamos esperar gran cosa, pero de Unidos Podemos (que al parecer se ha enterado por la prensa de las negociaciones) algunos esperábamos algo más de contundencia y claridad en los comentarios, aunque sólo sea para marcar las diferencias que definen una posición ideológica clara de izquierdas y defensora del interés general.

Se ve que el neoliberalismo es más contagioso que el SARS-CoV-2.

Eduardo Sáez Maldonado.

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